La Boca… una ciudad ficcionada

Por Leandro Alasino y Dario Gomez

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    julio 2008
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  • Clude Levis Strauss

    (Bruselas, 28 de noviembre de 1908) es un antropólogo francés, una de las grandes figuras de su disciplina y el introductor a las ciencias sociales del enfoque estructuralista basado en la obra de Saussure. Por la influencia de su obra, dentro y fuera de la antropología, ha sido uno de los intelectuales más influyentes del siglo XX.

Levis Strauss viviría en La Boca

Publicado por Dario en julio 1, 2008

 

Al sur de Buenos Aires, á seis ó siete kilómetros del centro de la ciudad,

a lo largo de la orilla de un pequeño río canalizado en cierta extensión

y que se llama Riachuelo, extiéndese La Boca, un barrio o mejor dicho un suburbio

vastísimo de la población. Está separado de la ciudad solo por una extensa faja

de terreno poblada por algunas casas esparcidas: la comunicación es cómoda,

fácil, rápida, continúa por tramway y por ferro-carril; y sin embargo

tiene un carácter  tan diferente, tan especial, que parece estar a cincuenta millas de distancia.

Muchos, hasta en Buenos Aires, hablan de la Boca como si hablasen de otra ciudad,

no de un barrio que está a dos pasos de la gran plaza Victoria.

José Ceppi (Periodista porteño 1880)

 

 

 

S

 

i nos regimos por el reloj nos daremos cuenta que el tiempo nunca se detiene, sus manecillas siguen su rumbo sin entender razones. Pero hay un barrio en la ciudad de Buenos Aires que parece escaparle a esta realidad. Al parecer existe un oasis atemporal en medio de un desierto urbano, donde no solamente no se detiene, sino por el contrario, pareciera acelerase continuamente. Este es el bello y pintoresco barrio de la Boca. Aquel que a principios del siglo pasado recibió a españoles, italianos y polacos que escaparon de las hambrunas y de la Primera Guerra mundial, y desembarcaron en las claras y acogedoras aguas del antiguo puerto de Buenos Aires. Estas generaciones llegaron con la ilusión de “hacer la América” y poder anclar ahí sus expectativas mas ambiciosas. Aun lejos de su tierra natal y de su familia, buscaban una vida mejor, llegaban a un país en auge lleno de oportunidades, famosamente conocido como el granero del mundo. Estos inmigrantes se alojaron en precarios conventillos ubicados cerca de la boca del arroyo Matanza, más conocido como el Riachuelo. Los conventillos eran en realidad enormes caserones de los grandes terratenientes que vivían en Buenos Aires. Estos contaban con una enorme cantidad de habitaciones, que solo cabían algunas para el uso ya que el promedio de personas que vivían en ellas no superaba a cuatro.

 

 

La zona de la Boca, antiguamente, desde décadas antes a la llegada de los extranjeros, era una zona anegadiza por su proximidad al río, pero muy bien cotizada y demandada. Para los grandes mercaderes y los dueños de vastas extensiones de campos, era un punto estratégico prestigioso por su proximidad al puerto. Con la llegada de los extranjeros, el valor de sus propiedades comenzó a caer y emigraron a la zona norte del actual “Gran Buenos Aires”. Muchos vendieron sus antiguas casas por escasas monedas y otros las abandonaron dejando vía libre para que fueran ocupadas por este contingente europeo deseoso de un techo donde vivir. Las antiguas fachadas de colores claros fueron reemplazadas por una extensa variedad y tonalidades de colores estridentes como el rojo, amarillos, celestes y verdes,  que según el mito urbano, eran sustraídos de enormes tachos de pintura que usaban los astilleros para pintar los barcos del puerto.

En esos tiempos la gente vivía hacinada, cada familia se alojaba en una habitación de esos caserones donde se compartían absolutamente todo: desde la ducha hasta la cocina. Los vecinisimos amontonados ávidos de empatía, se interrelacionaban estableciendo insólitos vínculos afectivos, forjando una nueva mística de camaradas nunca antes vista en ninguna parte, un embutido de culturas dispersas que se procesaron bajo un mismo signo Así se gestaron las primeras fusiones de las distintas culturas y formaron una nueva identidad barrial construida de esta diversidad, claramente distinguible a lo largo de los años. Se conseguía instituir una nueva impronta, con idiosincrasia definida que se desarrollaba con el avance de los años formando un imaginario propio. Allí no tardaron en instalarse bares, restoranes, barberías, peluquerías, almacenes, y otras tiendas; que reflejaban lo que pasaba en el resto de la capital, en todos los barrios porteños, en su plena Modernización; pero con el sabor inconfundible y distintivo de un lugar “único e irrepetible”. Había un espíritu propio, hoy exorcizado por el padre americano que solo rescata el cuerpo, o al menos algún vestigio de toda su fisonomía. Por ahí surgieron grandes subjetividades; los amoríos de las primeras relaciones encriptadas bajo las chapas humildes de la zona, despertaron la frontal actitud de los guapos que asomaban,  figuras que en desmán de un gran conocimiento técnico musical, se desenvolvían improvisando cánticos de cultura popular al ritmo simple, pero no menos interesante del 2×4, al compás de guitarras y acordeones, con gran fervor lírico haciendo expresiones admirables.

 

 

Nacía un distinguido ente colectivo, cuando los jóvenes mataban las penas que el amor esquivo instalaba en sus pechos, convirtiéndose así en verdaderos y  férreos hombres reconocidos por el resto. Así verdadera y genuinamente, se elevaban sublimes los ardores del alma; y cada sujeto en igual situación, reconocía a un par con quien identificarse; con algún vaso de ginebra se apuraban una tras otra las canciones del emergente  tango. Puro estilo oriundo de esos recovecos, que despertaba el interés del machismo, la unión fraternal de los amigos, los juegos de cartas, las noches de parranda y el recuerdo de las desdichas reanimadas en la nostalgia de una inigualable y visceral prosa, envestida por el lunfardo natural de aquel lenguaje característico.

 

 

Las cosas han cambiado, no podemos aproximar como, sólo la exigencia nos permite describir que aquel que hoy vive en el perímetro, ya no es el protagonista de esos tiempos lejanos. Mas bien parece asumir el papel de un extra para un sofisticado espectáculo, las paredes de su hogar no pueden esquivar la decrepitud, la precariedad y el enmohecimiento por el olvido; indicios del deterioro de aquella genuina vieja tradición. Ahora eso forma la parte  marginal de la escenografía montada, donde las lentes no se percatan, donde las luces no llegan. No sucede lo msimo con quien, en la actualidad, pueda levantar como pequeño burgués, por lo menos, un pequeño emprendimiento comercial y ubicarlo en una esquina “top” bien enfocada. Este podrá conservar algo de la vieja Boca, aunque se le escape su alma puede retener un fetiche concreto donde consolarse; parte que es ahora susceptible de ser visitada por las cámaras de algún turista japonés, inglés, australiano que en su visita guiada mantiene la necesidad vehemente de consumir esa experiencia excitante traducida a sus ojos por su visor digital , persiguiendo como los escolares  “El caminito”. Solo el zapato de taco de aquella gran mujer histórica ha sido desenterrado y reanimado. Para ellos parece haber preparado un barrio viviente, un trozo del pasado que no se diluye en las afueras desdiferentes promovidas por las pantallas de nuestra cultura “posmoderna”. Pero vale desconstruir y  romper esa  falacia: solo hay ahí una fantasía mas del “creativo” capitalismo de ficción que se extiende. Ya no se puede escapar y ser, por las fuertes garras de sus inmensidades, que abrasivas y totalitarias, adoctrinan al planeta para su productiva dramaturgia. Creemos ser diferentes, mantenernos firmes ante lo homogéneo, lo norteamericano en extensión, a su rasgo cultural globalizante; pero él se presenta con poco relieve tras la mascara del “multiculturalismo”, y sale absuelto del aplanado juicio colectivo. Así asentamos la efectividad de sus estrategias de marketing, así afirmamos sus planes mas acabados de dominación perennes. Por su parte, la metrópoli ya no choca con ninguna otra tal como lo hacía en el siglo XX; mas que vencer se esfuerza por vender, y sus productos son esos artilugios de caracterización fantasiosa. Esta ahí en las marquesinas de coca-cola, sí, es verdad, y en armonía con los colores de las tiendas (algo muy evidente de su penetración), pero también aparece sin oponentes cuando hacemos mella y arraigo en las viejas costumbres, ahora empaquetadas para fines útiles. La Boca es actualmente otro motivo mas para la recreación y el ocio, es una parcela temática que se escinde de sus propias afueras, tambien de su limítrofe aburrida Barracas industrial, y le presta algunas parafernalias al San Telmo semi-importante e internacional en ascenso, con quien trafica elementos. Todo ese valor relativo es un simulacro constante, un pasado zombie revivido , y a la vez demacrado en su esencia, que hoy despierta para entretener vidas y vaciar bolsillos bajo el amparo de una visión total del mundo integrada en todas las cabezas. Pero bueno, ya… seamos optimistas… vanagloriémonos de nuestras propia cultura, volquemos la atención sin mas en toda su expresión, comparémoslas con las demás y vivamos la sutil diferencia. No nos distraigamos que el escenario nos llama, y hay que exponer nuestro dictamen, el que nos toca, siendo sobre todo siempre fieles al guión.

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Una respuesta hacia “Levis Strauss viviría en La Boca”

  1. ezequiel escribió

    Está bueno el artículo. Igual me parece que más allá de tod loq ue se genera en ese capitalismo de ficcion y este fetichismo mercantil del barrio, la esencia de los barrios deberá andar más intimamente en personajes y en las historias actuales que habitan dicho lugar
    un libro recomiendo que sale en estos dias: La piel de la Boca del escritor español jorge Carrión, publicado por libros del zorzal!

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